28 junio 2011

Primer capitulo de "The power of six" (Soy el numero cuatro 2) - Pittacus Lore


Mi nombre es Marina, por el mar, pero no me he llamado así hasta mucho tiempo después. En un principio simplemente se me conocía como Siete, una de los nueve Guardianes supervivientes del planeta Lorien, cuyo destino estaba, y aún está, en nuestras manos.

En las de aquellos de nosotros que no hemos desaparecido. En las de aquellos de nosotros que aún seguimos con vida. Yo tenía seis años cuando aterrizamos, cuando nuestra nave vino a detenerse en la Tierra. Y a pesar de mi tierna edad ya sentía lo mucho que nos jugábamos, los nueve Cêpans y los nueve Guardias, y que nuestra única oportunidad estaba aquí. Entramos en la atmósfera del planeta en medio de una tormenta de nuestra propia creación, y recuerdo, en cuanto pusimos los pies en la Tierra por primera vez, las volutas de vapor que despedía la nave y cómo se me ponía la carne de gallina en los brazos. No me había dado el viento en un año, y allí fuera estábamos a bajo cero. Había alguien allí esperándonos. No sé quién era, sólo que entregó a cada Cêpan dos mudas de ropa y un gran sobre. Aún no sé qué era aquello.

Como grupo que éramos nos estrechamos entre nosotros, sabiendo que cabía la posibilidad de que no nos volviéramos a ver nunca más. Se pronunciaron palabras, nos dimos abrazos y luego nos separamos, como sabíamos que debíamos hacer, marchando en parejas en nueve direcciones diferentes. Seguí mirando hacia atrás por encima de mi hombro mientras los demás se alejaban en la distancia hasta que, muy lentamente, uno a uno, todos desaparecieron. Y luego sólo fuimos Adelina y yo, vagando solas por un mundo del que prácticamente no sabíamos nada. Ahora me doy cuenta de lo asustada que debió de sentirse Adelina.

Recuerdo que nos embarcamos con destino a algún lugar desconocido. Me acuerdo de dos o tres trenes diferentes después de aquello. Adelina y yo permanecimos juntas, acurrucándonos la una contra la otra en rincones oscuros, lejos de cualquiera que pudiera acercarse. Fuimos de población en población, por montañas y atravesando terreno abierto, llamando a puertas que se nos cerraban en la cara de inmediato. Teníamos hambre, estábamos cansadas y teníamos miedo. Me acuerdo de estar sentadas en una acera mendigando ayuda. Recuerdo llorar en vez de dormir. Sé con certeza que Adelina regaló algunas de nuestras piedras preciosas de Lorien por poco más que un plato caliente, tal era nuestra necesidad... Puede que ella las entregara todas. Y entonces fue cuando encontramos ese lugar en España.

Una mujer de aspecto severo, que yo llegaría a conocer como Sor Lucía, salió a abrir la pesada puerta de roble. Miró con atención a Adelina, su desesperación, la manera en la que estaba encorvada.

–¿Crees en la palabra del Señor? –le preguntó la mujer en español, frunciendo los labios y escrutándola con la mirada.

–Soy fiel a la palabra del Señor –contestó Adelina con un asentimiento de cabeza solemne. Yo no sé cómo ella conocía esa respuesta… Tal vez la aprendió cuando nos habíamos quedado en los sótanos de una iglesia unas semanas atrás, pero fue la respuesta correcta. Sor Lucía abrió la puerta.

Hemos estado aquí desde entonces, once años en este convento de piedra con sus húmedas estancias, con sus corrientes de aire y sus duros suelos como bloques de hielo. Aparte de los pocos visitantes, Internet es mi único contacto con el mundo más allá de nuestra pequeña ciudad; y estoy indagando constantemente, buscando cualquier indicio de que los demás están ahí fuera, de que ellos también están indagando, o tal vez luchando. Alguna señal de que no estoy sola, porque en este momento no puedo decir que Adelina aún lo crea, o que ella esté aún conmigo. Su actitud cambió en algún lugar de aquellas montañas. Quizá fue cuando aquella mujer hambrienta con su niña cerraron la puerta tras de sí de un portazo, alejándose del frío por una noche. Sea como fuere, Adelina parece haber perdido la urgencia por seguir con nuestro éxodo, y su fe en el resurgimiento de Lorien parece haber sido reemplazada por la fe que comparte con las hermanas del convento. Recuerdo el cambio claro en los ojos de Adelina, su repentino discurso sobre la necesidad de orientación y estructura si íbamos a sobrevivir.

Mi fe en Lorien permanece intacta. En la India, hace un año y medio, cuatro personas diferentes fueron testigos de cómo un muchacho movía objetos con su mente. Aunque la repercusión del suceso fuera pequeña en un principio, la abrupta desaparición del chico tardó poco en extender un gran rumor sobre la región y comenzó su búsqueda. Por lo que yo sé, no ha sido encontrado.

Hace unos cuantos meses hubo la noticia de una chica en Argentina, que al desatarse un terremoto levantó un bloque de hormigón de cinco toneladas para salvar a un hombre atrapado bajo él; y cuando se extendió la noticia de este hecho heroico, desapareció. Como el chico de la India, ella seguía desaparecida.

Y luego está la pareja de padre e hijo que son noticia en Estados Unidos, en Ohio, perseguida por la policía después de supuestamente demoler ellos solos un colegio entero, matando a cinco personas en el proceso. No dejaron más rastro tras ellos que un montón de cenizas.

“Parece que aquí hubiera tenido lugar una batalla. No sé de qué otra forma explicarlo” se citaba que afirmó el responsable de la investigación. “Pero no cabe error, llegaremos al fondo de esto, y encontraremos a Henri Smith y a su hijo John.” Quizás John Smith, si es que ese era su verdadero nombre, sea simplemente un chico con alguna rencilla que lo llevó demasiado lejos. Pero no creo que ese sea el caso. Cada vez que su imagen aparece en mi pantalla se me desboca el corazón. Caigo presa de una profunda desesperación que no puedo siquiera explicar. Puedo sentirlo desde el tuétano de los huesos, él es uno de los nuestros. Y sé que, de algún modo, debo encontrarlo.
T Aurim de Mas que vampiros
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